Las 5 heridas de la infancia. Herida de injusticia

En este nuevo artículo continúo con las heridas de la infancia. En concreto, con la herida de injusticia.

En el primer post de esta serie de artículos empecé con la herida de abandono. En el segundo post continué con la herida de humillación. En el tercer artículo te compartí la herida de traición. Y en este nuevo post seguimos avanzando en este apasionante tema de las heridas de la infancia con la herida de injusticia.

Te animo a que sigas indagando en este profundo tema y, aunque a priori creas que no tienes esta herida, te recomiendo que leas este artículo porque es posible que descubras lo contrario.

Y es que no dejaré de decirlo: no podemos transformar aquello de lo que no somos conscientes. Una vez que detectamos qué herida o heridas están en nosotros, hemos dado el primer paso hacia nuestra sanación.

En esta serie de artículos, como ya vengo haciendo, enfoco el tema de las heridas de la infancia a través de los bloqueos internos. Así que te invito a que continúes leyendo para seguir ahondando en este tema.

Bloqueo interno de autoexigencia

Este bloqueo se da con frecuencia en personas que son muy perfeccionistas y hasta duras consigo mismas. Personas que quieren hacer muchas cosas y hacerlas todas bien, responsabilizándose en exceso. A menudo sienten que tienen que cumplir con todo, con todas sus obligaciones y no se permiten fallar (a diferencia de la herida de traición, donde como vimos, uno huía del compromiso).

Hay algo presente en muchas personas con este bloqueo: el automaltrato o tratarse de manera dura, fría, exigiéndose más y más. Son personas que a menudo se machacan, pues no se sienten suficientemente perfectos.

¿En qué actitudes deriva este bloqueo? Recuerda que si tienes varias o casi todas estas actitudes, será que es un bloqueo muy presente en ti.

  • No permitirse desconectar. Estar todo el día trabajando duro. No te permites divertirte.
  • Incluso, te cuesta mostrar tus sentimientos, amar o ser amado.
  • Sueles estar con mucha tensión porque te exiges demasiado.
  • Te cuesta tomar decisiones importantes porque eres muy perfeccionista. No pasas a la acción porque temes que la decisión que tomes no sea la más correcta.
  • Autoestima condicionada. “Soy valiosa si” … Por ejemplo, soy valiosa si soy perfecta o consigo las cosas. “Merezco si” … No puedes tener una buena autoestima de “soy perfecta porque sí”.
  • Te enfocas en la recompensa o mérito que, además, está asociado al esfuerzo. La idea de “tengo que esforzarme mucho para conseguir éxito” está muy presente en ti si sufres este bloqueo.

Herida de injusticia

La herida detrás del bloqueo de autoexigencia es la de injusticia.

Cuando de pequeños han sido muy rígidos contigo, muy exigentes, muy fríos, sin muestras de cariño, en la vida adulta te cuesta mostrar tus sentimientos.

Pero a pesar de tu dificultad para mostrar tus sentimientos, puedes ser una persona muy sensible por dentro.

Te puede costar pedir ayuda. A lo mejor sueles decir una frase que me representaba mucho en el pasado: “no pasa nada”, “soy fuerte, puedo con todo”. Y es que personas con esta herida no queremos mostrarnos débiles porque tengo mucho miedo de que se burlen o piensen que no soy capaz. Por eso siempre trataré de salir adelante por mí misma.

Además, el miedo asociado es al fracaso y a mostrarse vulnerables.

Las emociones retenidas son la culpa y la ira y mientras no liberes estas emociones, seguirán haciéndote bastante daño.

Soy un claro ejemplo de esta herida. De hecho, si la injusticia ajena te hace enfadarte mucho y despierta mucha ira en ti, es posible que ésta sea una de tus heridas.

Cómo se comportan las personas con la herida de injusticia

Esta herida se suele originar entre los 3 y 5 años, cuando los niños empiezan a entender qué está bien y qué está mal.

En la herida de injusticia, a diferencia de rechazo o abandono (cuando se nos da la espalda o se alejan de nosotros), hay un ataque directo hacia nuestra integridad a través de castigos, acusaciones, insultos, gritos, violencia física, trato desigual… y se pretende que nos sintamos castigados por algo malo que hemos hecho o por simplemente ser cómo somos.

A diferencia de la herida de la humillación, donde por falta de recursos, permitimos y aceptamos el trato vejatorio hacia nosotros (asumiendo nuestra culpa y creyendo que merecemos esta actitud), en la herida de injusticia sentimos que lo que nos hacen no es justo, no está bien y nos rebelamos cómo podemos ante ello.

Nuestra forma de rebelarnos de niños puede tener diferentes manifestaciones: mintiendo (para que no se castigue injustamente), escondiendo nuestros actos (para que no me castiguen), contraatacando a los que nos atacan (mediante insultos, gritos, incluso violencia física), defendiéndonos ante los ataques de forma verbal o física (para que no nos hagan más daño), huyendo (para que no nos hagan daño) o quedándonos paralizados cuando no podemos ni huir ni luchar.

La emoción de base que sentimos ante este tipo de situaciones es la ira, la rabia, el enfado… Una emoción de acción que nos impulsa a hacer algo, a no quedarnos quietos (aunque como comentaba arriba, hay veces que no nos queda más remedio que quedarnos paralizados).

Así, en la vida adulta iremos enfrentando muchas situaciones de injusticia en las que sentiremos algo parecido: ganas de contraatacar, defenderse, luchar… O, por el contrario, huir o quedarnos paralizados ante esta emoción, sin saber cómo gestionarla.

El problema con la emoción de la ira es especialmente grande. Si no gestionamos bien esta emoción, se convierte en nuestra emoción de base. Veremos injusticias a menudo o sentiremos con gran frecuencia de que los demás son injustos con nosotros. Y si no hemos realizado un trabajo profundo antes, nos será muy difícil resolver esas situaciones hasta que no sanemos a nuestro niño interior herido.

Por el trato injusto, rígido de los progenitores, la recompensa o el mérito es importante para este tipo de personas. Aunque les cuesta obtener la satisfacción, ya que por la educación recibida asocian la recompensa con gran esfuerzo, pues sólo así sentirán que merecen recibir.

Además, sienten miedo a no ser perfectos, a equivocarse… Por eso también les cuesta tomar decisiones, pues puede suceder que la que tomen no sea la mejor, la correcta.

La rectitud moral es una de sus grandes virtudes, aunque también puede convertirse en su mayor defecto, al ser más inflexibles y rígidos, como veremos a continuación.

A las personas con esta herida les cuesta desconectar, divertirse, relajarse. Siempre se sienten en la obligación de hacer muchas cosas, de cumplir con sus obligaciones. Y hasta pueden llegar a sentir culpa si no están trabajando, cuando otros lo están.

Máscara de rigidez

Ya sabes que cada herida tiene asociada una máscara, un comportamiento o, más bien, una forma de ser, una personalidad que se manifiesta cada vez que la herida está presente en tu vida.

En el caso de la herida de injusticia, la máscara que lleva asociada es la del rígido. Y surge pues ha sido la estrategia aprendida de sus propios padres (o uno de ellos) que trataron al niño con frialdad, sin muestras excesivas de cariño.

El adulto con esta máscara muestra rigidez y eso es algo que el niño también adopta: dificultad para mostrar sus sentimientos, aunque puede ser una persona muy sensible.

Esto le lleva a la dificultad para pedir ayuda, por lo que suele decir “no pasa nada”, ignora o no muestra sus debilidades y problemas, tratando de salir adelante por sí solo, para que nadie note su vulnerabilidad.

Por ello oculta sus fracasos y no los reconoce como norma general. De hecho, esto de ocultar mis fracasos lo hacía yo misma muchísimo en el pasado. Como aquella vez que me escapé de una entrevista de trabajo por miedo a hablar de mí delante de otras personas y pensando que no tenía nada interesante que decir.

Y en cuanto al cuerpo, éste también suele reflejar síntomas de rigidez del perfeccionista: problemas con el cuello, la espalda (muchas veces excesivamente recta), problemas de flexibilidad en general. E incluso fibromialgia, pues te cargas tanto de obligaciones, exiges tanto a tu propio cuerpo… que éste no tiene otra manera de desconectar que poniéndose enfermo.

Mi relación con la herida de injusticia

Como te decía más arriba, me veo muy reflejada en esta herida y máscara. De hecho la famosa frase del “no pasa nada” ha sido de alguna forma mi mantra durante muchos años.

¿Que tengo un trabajo que no me gusta? No pasa nada, puedo con ello. ¿Que mi pareja me ignora y me engaña? No pasa nada, no es importante. ¿Que me quedo sin ver a mis amigos o ir al cine por tener que cuidar a mi hermana pequeña? No pasa nada, es lo que hay.

En realidad no vivía para mí, no me escuchaba. Estaba totalmente dedicada a ayudar a los demás y a cumplir con múltiples responsabilidades, muchas de las cuales no me correspondían por mi status o mi edad.

Me daba un miedo atroz cometer errores, que otros se dieran cuenta de ello. Por eso ni siquiera me atrevía a buscar un trabajo mejor, pues temía tanto el fracaso…

Otra cosa curiosa que repetía mucho a mis 20 y pocos años era la absurda “idea de perfección”. Vivía persiguiendo perfección en todo: mis relaciones, mis estudios, mi trabajo… y lo paradójico es que cuanto más buscaba la perfección (que ya sabemos no existe), menos perfecta o ideal era mi vida. Y eso me dolía pero tampoco lo reconocía. Pues mi mantra era… ¿recuerdas? El de “no pasa nada, es lo que hay”.

¿Y qué ocurre cuando negamos emociones, cuando vivimos en conflicto constante?

Pues en el caso de la herida de injusticia, esa ira retenida y no expresada se vuelve contra uno mismo. Me enfado, claro que sí, pero no muestro esta emoción, pues no es lo correcto. Lo correcto es sufrir y sacrificarse por otros, aunque por dentro sienta rebelión ante la injusticia.

Y la consecuencia de no poder liberar la ira es que la dirijo hacia mí misma. Y entonces nace una emoción asociada: la culpa. Vivir con ira y culpa por dentro es muy muy duro. Si te sucede a menudo, me entenderás muy bien.

La parte buena es que todo esto puede ser sanado. Y al reconocer tu herida estás dando un primer paso. Así que no te desanimes, sino al revés: felicítate por estar dando los pasos necesarios para trascender tus heridas.

Ejercicio para sanar las ofensas de nuestros padres

Por eso, quiero dejarte con un ejercicio muy poderoso para trabajar esta herida en tu caso. Es parte del curso SelfCoaching y lo trabajamos de manera mucho más profunda en esta formación. Pero te puede interesar realizarlo ahora.

La clave del ejercicio es realizarlo durante 21 días seguidos, al levantarte o antes de acostarte. No tiene que llevarte más de 15 minutos al día (o incluso menos, dependiendo de tu estado interno).

Durante cada día escribiremos 1 carta en nombre de nuestro padre, madre o ambos, donde éstos nos estarán diciendo que efectivamente fue injusto el trato que nos dieron en aquella u otra situación de nuestra infancia, adolescencia, juventud, etc.

IMPORTANTE: No son cartas de justificación (porque era muy joven, no sabía cómo actuar, estaba en una situación difícil, etc.) ni tampoco de pedirnos perdón.

Simplemente son cartas en las que reconocen las injusticias que cometieron con nosotros (y, además, deberán aportar datos concretos de situaciones reales donde se produjo aquello) y reconocen también nuestro derecho a sentirnos ofendidos, enfadados o rencorosos por lo que nos han hecho. Nada más.

Como son 21 días, algunas veces las cartas serán muy parecidas entre sí, pero seguramente aparezcan nuevos recuerdos. La idea es seguir trabajando en esta dirección durante esos días para darnos cuenta por fin del mal que nos han hecho y que no es una situación normal, que es totalmente lícito que podamos enfadarnos.

Cuando pasen los 21 días, podrás revisar tus escritos, mirar qué te llama la atención. Y sobre todo: observar dónde a día de hoy me trato yo misma de esa manera. Y poco a poco, empezar a cambiar ciertos comportamientos que repites inconscientemente haciendo espejo de esa actitud injusta que viviste en el pasado.

Por ejemplo, si no te permites descansar cuidando a otros, aunque te cueste, te levantas y te vas a la cama un ratito o dices que necesitas desconectar y pides ayuda a otros. Cuesta hacerlo, pero ahora que ya sabes de dónde parte y, además, porque no quieres seguir repitiendo ese patrón tan nocivo para ti, decides cambiarlo aquí y ahora.

Conclusión a la herida de injusticia

Ahora que has llegado hasta aquí, ¿has detectado que tienes la herida de injusticia? ¿O tal vez es una de tus heridas? Si has detectado esta herida en ti, ya has hecho un gran trabajo hacia tu transformación.

Como ves, es una herida que esconde el miedo a no ser perfecto. Por eso el rígido se exige y exige a los demás. Sus ideales de perfección o de cómo deberían ser las cosas son muy altos. En ocasiones, inalcanzables. Su motivación final es alcanzar la perfección de sí mismo.

Con su alto nivel de exigencia, en realidad, es injusto consigo mismo al exigirse demasiado o no permitirse disfrutar. En general, reprochamos a los demás lo que nos hacemos a nosotras mismas y en realidad no queremos ver.

Así que, si has detectado que tienes esta herida es un gran paso. Sanar la herida de injusticia te ayudará a disfrutar de la vida tal y como es, aceptando a los demás y aceptándote a ti con tus luces y tus sombras.

Además, la herida de injusticia suele esconder la herida de rechazo. Sobre la herida de rechazo hablaré en el próximo post.

Si quieres trabajar y sanar tus heridas, te invito a hacerlo a través de mi curso estrella de crecimiento personal y espiritual SelfCoaching.

En este curso trabajarás en profundidad una a una las 5 heridas de la infancia a través de ejercicios de coaching, herramientas de la PNL, meditaciones y visualizaciones potentes. Y podrás hacerlo acompañada de personas como tú que apuestan por su transformación para vivir la vida que desean y merecen.

En el curso SelfCoaching realizarás una transformación profunda, fortaleciendo tu autoestima, adquiriendo mayor confianza en ti y en la vida y crearás tu camino hacia la vida de tus sueños.

Y, además, lo harás acompañada de mí a través de sesiones cada 15 días conmigo y tus compañeras de viaje, personas bellas, conscientes e inspiradoras que te apoyarán en tu transformación.

Tienes toda la información del curso SelfCoaching en mi web.

Y ahora te toca a ti, ¿has detectado que tienes la herida de injusticia? ¿O es una de tus heridas? Me encantará leerte.

4 comentarios

  1. Muchas gracias por ser Luz en este caminar por la vida, más que identificada,,, gracias gracias gracias y apartir de hoy comenzar a trabajar en esta herida que ni siquiera sabía que existía en mí.

    1. Buenísimo Gabriela, ya has dado el primer paso hacia el cambio, darte cuenta. Muchas gracias por tus bellas palabras. Abrazo grande!

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